Últimamente detecto una corriente
absurda en algunos articulistas, tuiteros, conferenciantes o apóstoles del
startup: No son importantes las pérdidas económicas mientras avances en tu
proceso de aprendizaje. Y, mi favorita: los retrasos en los pivotes programados
son buenos porque aprendes a reprogramar. “Touch
your balls”
Desde la aceptación de estas
premisas hasta que lleguen a formar parte de la cultura de la startup hay un
paso. El paso que te lleva directamente al abismo.
Ya he visto relajación cuando los
resultados son malos y dejadez a medida que se acerca el plazo de entrega.¡¡¡
Lo he visto!!!
Eso sí, todo con un grado de buenrollismo que parece indicar que en
el fracaso está la felicidad. En un futuro no muy lejano no descarto ver
brindar por el fracaso obtenido.
No. Esto no funciona así. Los
plazos se deben cumplir y las cuentas se deben estar mirando permanentemente
con un ojo mientras con el otro se vigilan las hipótesis de crecimiento. Y ello
por tres motivos:
·
Los retrasos no están bien vistos ni por
inversores ni por clientes.
·
El ADN de la empresa va mutando de pivote en
pivote hasta el fracaso final.
·
El dinero contante y sonante se acaba y por
mucho que hayamos aprendido llegará un momento en que no tendremos recursos
para un pivote más.
En las conferencias que he oído afirmaciones
como estas el ponente se quedó tan feliz y los oyentes con un argumento para
fracasar.
Los tuits que he visto con ideas
similares han cosechado muchos FAV para mayor gloria infame del autor y, por
supuesto, un incremento de su IVP (Indicador Vanidoso Personal, que es la nueva
forma de llamar al ego)
No confundamos aprender y sacar
lecciones del fracaso con que el fracaso sea la meta.
Firmado: El Grinch startupero.

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